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Freud en Viena, dejó escrito que el hambre y el amor rigen todos los asuntos del mundo. La psiquiatría moderna optó, sin embargo, por adentrarse en los laberintos de éste y del sexo para explicar las perplejidades del hombre, olvidándose desde entonces –pienso que equivocadamente– del estudio del otro gran deseo universal. |
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Si la gastronomía es el arte de utilizar los alimentos para producir felicidad, la manera de alimentarnos, la forma en la que hallamos agrado en la mesa, necesariamente ha de informarnos sobre la noción aproximada que tenemos de aquélla –de la felicidad– y sobre lo que consideramos esencial para su más cierto logro. Aceptada tal premisa, podemos distinguir tres modos de comer que revelan, al tiempo, tres modelos de existencia feliz o, con mayor precisión, tres caminos diversos de encauzar el intento.
Consiste el primero en comer hasta saciarse lo que siempre hemos comido. Nada de excentricidades ni de aventuras. Eso que llamamos el gusto tradicional no es sino la sublimación del miedo a lo nuevo: a quien así entiende bien resuelto el apetito le sigue pareciendo, aun a riesgo de sucumbir de aburrimiento, que la rutina es la medida preventiva más segura, la fórmula mágica y cautelosa que garantizará el placer anhelado.
El segundo, rara mezcla de inquietud y cobardía, se resume en el impulso –transgresor, pero menos– de tratar la comida como una diversión. Se coquetea ocasionalmente con sabores exóticos, entran y salen éstos del menú como excepciones liberadoras, como espacios donde expresar la propia inconformidad. "Esta manera de comer –afirma Zeldin– se amolda a la persona que desespera de sentirse satisfecha en el sosiego, que añora distracciones y sorpresas, que busca un tipo diferente de felicidad en la frivolidad, que se niega a sentirse constantemente desgraciada a causa de los grandes problemas". El reproche deriva aquí, claro, de lo momentáneo, superficial y hasta insolidario de una conducta que trasluce más distanciamiento que compromiso.
El último es la traducción culinaria de un método relativamente reciente de perseguir la felicidad: se trata ahora de abrirse, de perder el recelo hacia lo ajeno, insólito o distinto y de contribuir, además, a que otros lo pierdan. "Toda invención y progreso proviene del hallazgo de un vínculo entre dos ideas que nunca se habían encontrado y de la reunión de dos cuerpos extraños", recuerda el mismo Zeldin, enseñándonos que la creatividad –y no sólo para los genios de la alta cocina– constituye hoy un ingrediente fundamental. A través de ella, tal vez será posible descubrir horizontes insospechados para nosotros y para todos, el surgimiento de una actitud fructífera y original que supere viejos temores y haga menos ilusorio el propósito.
Por supuesto nadie, o casi, es absolutamente fiel a ninguno de los esquemas descritos. Tampoco cabe, desde luego, establecer una frontera impermeable entre ellos. Aunque del predominio de uno u otro –la gastronomía es una rama del saber injustamente despreciada– podemos extraer lecciones impagables sobre nuestra particular perspectiva, sobre aquello a lo que, para calmar una aspiración que incansablemente nos acucia, estamos dispuestos a atrevernos en los fogones, en el paladar y en la vida.
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