Detrás de la cultura del fast food están las multinacionales de la alimentación, que no sólo se preocupan de nutrir a sus clientes sino de crear un ambiente global y uniforme de sabores, productos y servicios en todo el mundo a bajo coste y de forma rápida. La actual normativa está todavía poco adaptada a las tradiciones culturales alimenticias, a los alimentos de proximidad que proporciona la biodiversidad y al pequeño productor local. Tampoco está adaptada al pequeño productor local ni al inmenso poder que las empresas de la comida rápida tienen, tanto a nivel económico como social.
En la actualidad, y bajo la fórmula de una asociación sin ánimo de lucro, el movimiento del Slow Food cuenta con unas 80.000 personas en 104 países de todo el mundo, agrupadas en 750 zonas regionales que, amparadas bajo el emblema del caracol, símbolo de la lentitud, profesan una nueva filosofía en la que se combina no sólo placer, sino también cultura culinaria y enológica, la del saber qué se come y qué se bebe, y el poder deleitarse con ello a través del sentido del gusto, sin prisas.
El movimiento “Slow Food”
Los seguidores del Slow Food se oponen a la estandarización del gusto de las cadenas alimenticias del fast food. Su reivindicación es poder deleitarse con los alimentos, algo que únicamente puede obtenerse a través de la degustación de los más variados productos autóctonos de las más diversas regiones del mundo, en los que se utilizan fórmulas artesanales de elaboración. Para ello, son conscientes de la importancia de conservar y difundir el conocimiento de cada cultura, exaltando la diferencia de sabores, la producción alimenticia artesanal, la pequeña agricultura, o incluso, técnicas de pesca y ganaderías sostenibles; y no dudan en salvar una determinada raza animal o una especie vegetal en vías de extinción, a fin de recuperar un ambiente o una receta, o para regalar un placer a un paladar suficientemente educado para ello.
Slow Food destina dinero para proyectos concretos que tienen por finalidad proteger los más variados alimentos, las zonas donde se cultivan, los métodos tradicionales de elaboración, los cultivos, las especies, los productos y los lugares donde se degustan, tanto desde el punto de vista del interés histórico-cultural de la zona, como de los sitios o espacios dedicados al placer culinario, ya sean mesones o tabernas.