Para ayudar a estos y otros alimentos, Slow Food organiza a los productores, establece normas de producción, recopila recursos para instalar infraestructura, promueve investigaciones y canales de comercialización, así como su exportación. En este sentido, se establece que los productos deben ser excelentes en cuanto al sabor y con calidad definida a partir de costumbres y tradiciones locales; estar enraizados tanto en la memoria como en la identidad de un grupo social, y relacionados con la historia de un territorio; producidos en cantidades limitadas y estar en peligro de extinción.
Y es que lo que no están dispuestos es a que se pierda la biodiversidad como parte que es del conocimiento humano, pues se pierde un conocimiento milenario en el cultivo, en el arte culinario y en la cultura de las regiones. Una cuestión trascendental que ha quedado al margen de la normativa fundamental sobre alimentación y protección de sus últimos destinatarios, los consumidores; pero que resulta lo suficientemente trascendental como para motivar la preocupación de las autoridades de todo el mundo, de los operadores alimentarios y de los propios consumidores, que quieran reivindicar no sólo un derecho sobre el buen gusto, sino sobre la ingesta de alimentos autóctonos elaborados según recetas y técnicas milenarias.
El inmenso poder del “Fast food”
Como cuenta Eric Scholosser en su libro Fast Food, «la comida rápida es hoy tan común, como si fuera algo ineludible, un hecho constitutivo de la vida moderna». Y no le falta razón, atendiendo a los datos económicos y sociales con los que nos hemos encontrado. En Estados Unidos, McDonald’s contrata cada año alrededor de un millón de personas, es el mayor comprador de carne de vacuno, carne de cerdo y patatas de todo el país, y el segundo comprador de pollo, y la mayor propietaria de tiendas de venta al público de todo el mundo.
De hecho, se dice que uno de cado ocho trabajadores norteamericanos ha sido en algún momento de su vida empleado de McDonald’s. Tan sólo en Estados Unidos el gasto en comida rápida ascendió a unos 110.000 millones de dólares (según datos de 2000). En España, la facturación de conjunto para este tipo de establecimientos, que son 1.916 en todo el territorio, ascendió el pasado año a 1.876 millones de euros. La cadena de hamburguesas McDonald’s, que es la mayor empresa de comida rápida en el mundo, gestiona en la actualidad unos 29.000 de los 88.000 establecimientos de comida rápida existentes, si bien la mayor parte de ellos son franquicias, como así sucede en España, cuyo número de establecimientos asciende a 336 en todo el país.
La facturación alcanzada en España por este operador ascendió en el año 2003 a 554 millones de euros, siendo la empresa líder en España por volumen de facturación en el sector de la comida rápida, y cuyos centros son visitados por unos 200 millones de personas cada año; pero no por número de locales, dado que el líder es TelePizza con 532 establecimientos. Lo más curioso es que las grandes cadenas de comida rápida tienen lazos comerciales con otras transnacionales del sector alimentario, que son las que les subastan los productos que posteriormente se venden en los restaurantes, según pone en evidencia el estudio que para España ha hecho sobre el sector el Observatorio de Corporaciones Transnacionales, IDEAS/ Eco-Justo en el 2005.
Como exponen, en su gran mayoría son las transnacionales líderes del sector alimentario. Así por ejemplo, The Coca-Cola Company y PepsiCo son proveedores de las bebidas, Nestlé y Danone suministran los productos lácteos, Nestlé a su vez suministra café, y otros productos. La carne y las patatas fritas, así como otros productos y condimentos, igualmente proceden de corporaciones transnacionales (McCain, entre otras). Como consecuencia, ni consumidores ni franquicias pueden elegir productos regionales, de economía local, productos de comercio justo o productos procedentes de la agricultura ecológica o familiar.