2/11/2008
Una de las mayores paradojas del Ecuador consiste en afirmar que es un país turístico, pues implica confundir los innegables recursos con la ausencia de una cultura productiva y preventiva al respecto. En el último feriado de Carnaval fue patético comprobar que somos una geografía con una red de vías destrozadas, salvo contadas excepciones. Se evidencia que muchas provincias han dilapidado y malversado recursos para sus carreteras, que justificarían una comisión de la verdad para que realice una profunda investigación y se proceda a la sanción.
En este ámbito hay casos clamorosos y otros urgentes. Entre los primeros están el pésimo estado de muchas interconexiones entre las provincias de Pichincha con Esmeraldas y Manabí; el peligroso caso de la vía Quevedo-Santo Domingo, la burla en que se ha convertido la Ruta del Sol y quizás el más insólito suceso sea el acceso al volcán Cotopaxi que es una vergüenza para la nación.
Otros casos merecen –si continúa la aspiración de concretar una política de turismo- concebir un plan que permita reordenar la comunicación vial acorde al intenso parque automotor que soporta el país por razones turísticas o comerciales; por ejemplo ¿cómo explicar que una buena vía entre Quito y Latacunga, sea de dos carriles en gran parte del trayecto? Agréguese en este resumen la desidia de poblaciones –algunas capitales de provincia- en la región andina, que descuidadas y sin atractivos, continúan ilusamente esperando el retorno del ferrocarril porque no han creado otra alternativa en pleno siglo XXI.
Un capítulo especial merecen los accesos a la Amazonia, región en la cual contrasta el deplorable estado de algunas importantes vías con los recursos que, al parecer sin ninguna auditoria, se han invertido cuantiosamente durante los últimos gobiernos.
Sería injusto inculpar de este desorden al actual Gobierno nacional, incluso con su inútil emergencia vial, pero urge indagar dónde estuvieron o qué hicieron los ministros de Obras Públicas y de Turismo que coadyuvaron con su impericia o mala fe a destruir la ilusión que genera nuestra mutidiversidad geográfica.
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